Adolescentes en Ha Long

Sobrevivimos. Hicimos el tour a Halong Bay y volvimos victoriosos. Cuando uno planea venir por estos lados, se escuchan todo tipo de historias, pero hay que hacer de tripas corazón e ir, no se puede dejar de ir. Halong es una de las siete nuevas maravillas de la naturaleza. Y se merece el título, con sus infinitas montañas rocosas reflejadas sobre el agua calma. La gracia, lógicamente, es
verlo en barco y las opciones son amplias y  variadas.


Nosotros compramos un tour para dormir una noche en el bote en medio de la bahía, y una noche en la isla de Cat Ba, donde se pueden hacer trekkings en el Parque Nacional. Con todas las comidas incluidas, como las entradas y el colectivo a Ha Noi, por U$S 90. Conocimos quienes pagaron 60 y 140, por exactamente el mismo tour. 
El primer día del recorrido en barco fue perfecto. La comida, más abundante y variada de los que solemos acostumbrar. Mucha gente, o unos cuántos, para sociabilizar. A la noche, los diez o quince que quedamos a bordo, tomamos algo en la cubierta en medio de la oscuridad excepto por las luces de los barcos vecinos.
Algunos tomaron coquetos tragos de colores, nosotros el vino que trajimos a escondidas y tuvimos que tomar de la misma forma, porque cobran U$S 10 por cada botella traída de afuera. Nos sentíamos como adolescentes, escondiendo la botella cada vez que subía alguien de la tripulación. Ya entrada la noche, pudimos relajarnos. Los muchachos estaban bastante entonados y entretenidos con el karaoke.
Por el camarote no nos podíamos quejar tampoco. Ver por la ventana el mar y las islas elevadas pagaba por todo. Lo más grave fue una inocente cucaracha en el baño, a lo que valientemente enfrenté cerrando la puerta y subiendo a toda velocidad a cubierta, pero después de haber escuchado historias sobre ratas en otros barcos, esto era cosa menor. 
A la noche, tarde, cortaban la electricidad para volver a prenderla entre las seis y las siete de la mañana para poder tomar una ducha de agua caliente. Ese era el trato, y María puso el despertador para tener esa ducha. 6:30 tuve que ir a recordarles el asunto. Era de esperarse, después de la noche que tuvieron. 
Considerando que esperaba lo peor de este viaje, esto no fueron más que nimiedades. Incluso nos reíamos con el grado de desorganización de los, irónicamente, organizadores. 
Durante la primeras horas de viaje el guía trató de averiguar que tipo de tour, de los dos o tres posibles, tenía cada uno. Pero no lograba retener la información, y cada cinco minutos volvía a hacernos la misma pregunta: "Ustedes, tres días y dos noches?" "Sí" Preguntaba a la mesa de al lado y volvía con más cara de confundido que antes "Entonces ustedes..." "Tres días y dos noches" "Ok, ok" 
El resultado de esto fue gente teniendo que pasar la primer noche en la isla, porque no tenían camarotes para todos. Y para mi sorpresa, todos se lo tomaron muy bien. 

 


El segundo día nos tocó a nosotros en la isla, los únicos en nuestro hotel. Fue raro después de haber pasado los últimos días con gente, entre el grupete de Ninh Binh,  que se mantuvo la primer noche en la ciudad de Halong, y el barco. Recién llegados a Cat Ba, la isla más grande de la bahía, hicimos un trekking en grupo en el parque donde, después de trepar un poco por las rocas, llegamos a lo alto de una montaña desde donde se ven las montañas cubiertas de vegetación hasta perderse en el horizonte. La aventura es subir a la torre de vigilancia que está totalmente oxidada, con un par de tablas de madera en la cima, para pararse el tiempo estrictamente necesario para sacar tres fotos y bajar a toda velocidad antes de que se caiga todo a pedazos. Sospecho que hasta que no pase eso, el público en la torre no va a disminuir. 


 
La habitación era sencilla, en un cuarto piso al que no llegamos con poco esfuerzo con mochilas, mochilitas, valija, a cuestas. Pero la vista valía la pena el esfuerzo. 
A la noche, que creímos, sería de a dos otra vez, conocimos a una pareja italiana en sus cincuenta, que hace años viaja por el mundo en moto. Después de compartir unas cervezas y compartir historias, especialmente de su parte, volví feliz a mi cuarto. Por haberlos encontrado, por haber disfrutado de su italianidad (que felicidad que me produjo escuchar: "¡Ma fangulo!), por viajar y descubrir siempre historias nuevas e increíbles. 
Estos días fue mucho de eso. Así que, incluso si tuvimos que esperar una hora y media para tomar el barco, si tuvimos que tomar vino a escondidas, si había cucarachas gigantes, si no había agua caliente, si el hotel era precario, si carecían de organización: no importó. El escenario y la compañía compensaron cualquier molestia.


Llegados a Ha Noi nos despedimos de los últimos compañeros de viaje y seguimos nuestro camino. 
Una y otra vez apareció en mi cabeza: 

"Todo concluye al fin 
nada puede escapar 
todo tiene un final 
todo termina"

1 comentario:

  1. Jaja María, lo del vino, no se hace! Q lindo relato, por un momento escucho a la pareja de tanos diciendo _ma fangulo!_ Te quiero!

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