5 am: Llegamos a una ciudad oscura y desierta. Somos cinco, una pareja inglesa (Sean y Rachel), una chica alemana (Jess) y nosotros, los que decidimos bajar acá, mientras que el resto sigue hasta Ha Noi.
Siguiendo los pasos de los que vienen preparados con guías y GPS, caminamos hasta que nos interceptaron ofreciendo
habitaciones dobles por U$S 10. Sabemos que, en otras circunstancias, podríamos conseguir por más barato, pero para eso habría que seguir caminando y esperar, como mínimo, a que salga el sol.
Todos aceptamos, y así quedo instaurado el grupo de los cinco que se bajaron en Ninh Binh. Los dos días que pasamos acá, compartimos algún desayuno, y cervezas en el hotel entre historias de viaje, consejos y hallazgos. Es agradable cruzarse con gente simpática y compartir parte del viaje, después de tanta vida de a dos.
Todos estuvimos de acuerdo en cuánto más amable es la gente acá. El dueño del hotel siempre sonriente nos dió infinidad de consejos para el próximo destino que se sabe difícil (Halong Bay). De pasada para comer en un restaurante sin clientes, todos los presentes se acercaron a mirarnos leer el menú y señalar algo cada tanto, más tarde compartieron su té y su tabaco en pipa. A cualquier lugar al que fuéramos, TODOS nos saludaban. No se ven tantos occidentales como en otros lados y, especialmente los chicos, nos miraban curiosos, decían "Hello" y se reían con nuestra respuesta. Nos sentíamos casi como estrellas, en cinco minutos podíamos saludar a cincuenta chicos, sentir algún flash y cientos de miradas sin disimulo.
No sólo la gente es extremadamente simpática, además los paisajes son todo lo que habíamos estado esperando. A pocos kilómetros de la ciudad, se extienden campos de arroz en medio de montañas de piedra caliza y el río que va zigzagueando y pasando por adentro de las cuevas.
Andar en moto por las angostas calles de tierra con esta vista ya es impresionante, parece imposible que la ciudad esté "ahí". En bote por el río se escucha el ruido de los remos sumergiendose en el agua, se ve el movimiento de las plantas de arroz, y se siente la monumentalidad de las montañas. Pero desde lo alto de un templo, a 450 escalones del suelo, se ve como cada centímetro de tierra está ocupado por estos tres elementos. Se ve el contraste del verde flúor de las plantaciones, con el negro de las montañas a lo lejos y el gris del cielo. Todo parece encajar armoniosamente. Nos preguntamos por qué somos los únicos privilegiados en disfrutar de semejante panorama. Pero agradecemos que así sea.
Al parecer la gente se contenta con el paseo en bote para dos personas (cuatro si son locales) y una remadora experta. La mayoría de las mujeres, en general son ellas las que reman, tienen tan calado el trabajo que lo hacen con los pies y hasta con los ojos cerrados.
Sabíamos que al final del viaje tratan de venderte tejidos autóctonos hechos por ellas, a modo de propina, o, como a nosotros, piden la plata directamente. Esa actitud tan poco natural, ya nos chocó, pero nos sentimos obligados y le dimos, ella miró los billetes y sin ninguna timidez pidió más y se enojó cuando le dije que me lo podía devolver si no le parecía. Y yo me enojé porque asumen que por ser turista tenés un montón de plata, si no das lo que piden sos un tacaño.
No me gusta que me digan a quién ni cuánta plata tengo que dar.
En un templo, un grupo de mujeres me saludó y me arrinconaron cerca de un bebé con malformaciones y una canasta para dar limosna al lado. Me la señalaron con cara de: "¿No vas a ayudar a esta pobre criatura zorra?", para que no quepan dudas de lo que debía hacer. Ok, ok, ya entendí.
Saliendo de los que piden, hay un tema muy fuerte con los buddhistas y la plata. Yo estaba acostumbrada a la bolsita de la limosna en algún punto de la misa y ya está, no se trata más el asunto.
En los templos buddhistas no. Cada estatua, cada Buddha, siempre está lleno de billetes. Es como si en las iglesias pusieran plata en la estatua de María, en las manos de Jesús, en el sirio pascual, en el altar...
De hecho, nos pasó algo muy curioso entrando a un templo en medio de la nada. en cuánto estacionamos la moto, escuchamos música y una mujer nos invitó efusivamente a pasar. Una señora mayor estaba sentada frente al altar vestida con túnicas y con fajos de billetes en las manos, mientras otras cuatro alrededor de ella le sonreían y hacían movimientos con abanicos. Algunas más y nosotros mirábamos la celebración musicalizada por dos hombres, todos sentados en el piso. En cuánto nos sentamos nos dieron plata. "¿Qué hago? ¿Los abanico? ¿Lo dejo en el suelo? ¿Se lo doy a un Buddha?" A lo largo de la fiesta, le fueron cambiando las túnicas a la agasajada y ella siguió sacando plata de la cajita a sus pies. Cuando quisimos dejarla e irnos, no nos dejaron. La gracia era que nos quedáramos con los billetes. Así que silbando bajito salimos del templo sin terminar de entender que había pasado. Aún hoy no sabemos si era el cumpleaños o qué tipo de celebración. Pero la mujer nos regaló la plata que más tarde le daríamos a la remadora y al bebé con malformaciones.
Contentos con los días en Ninh Binh, estamos listos para Halong Bay, después de haber leído experiencias traumáticas que incluyen ratas, escuchado consejos prácticos y advertencias sabias.
Así como llegamos, nos vamos, de a cinco. Esperando lo menos peor del paraíso de la trampa. Deseennos suerte.
Suerte María!!! que experiencia maravillosa,
ResponderEliminarun beso grande de Aleo y mía
Te habrán dado la plata porque ya sabían como era la cosa :P
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