Viajar de Bangkok a Siem
Reap nos tomó quince horas. Unas cuántas en tren hasta la frontera,
donde cruzar no fue ágil ni rápido, como estaba previsto.
Efectivamente pagamos un precio extra para conseguir la visa. A
nuestro entender no llegaba más lejos que a los bolsillos de la
policía fronteriza.
Pero era más barato que el taxi a la Embajada de Camboya en Bangkok, mucho más accesible que lo que estábamos preparados a pagar y, por cierto, si nos negábamos podíamos olvidarnos de entrar al país. Así que bajamos la cabeza y pagamos sin chistar.
Pero era más barato que el taxi a la Embajada de Camboya en Bangkok, mucho más accesible que lo que estábamos preparados a pagar y, por cierto, si nos negábamos podíamos olvidarnos de entrar al país. Así que bajamos la cabeza y pagamos sin chistar.
Después de cuatro horas de
bus sin aire, llegamos a Siem Reap en medio de la oscuridad.
La compañía de
electricidad corta la luz durante el día, y la noche también. Así
pasamos los últimos tres días y noches: sin aire o ventilador
ni descanso del agobiante calor de Camboya.
Los templos de Angkor
valieron el insomnio.
Siem Reap vive, en gran
medida, gracias a eso. Todo está pensado para el turista, los únicos
locales que se ven están atendiendo un negocio o manejando un
tuk-tuk. Los restaurantes triplican los precios, y escasean los
puestos en la calle.
Todos estamos acá por la
misma razón: estas majestuosas construcciones del siglo XI
convocan cientos de miles de turistas por día. Nosotros le dedicamos
dos, pero hay quien llega a ir toda la semana. El primer día lo
hicimos en la comodidad del tuk tuk para recorrer las distancias más
largas. El segundo, en bici, arrancando a las 4 :30 de la mañana
con linterna en mano, para ver el amanecer. Aunque se pudiera creer
que a esa hora estaría más tranquilo, no fue el caso. Mientras
aprovechábamos unos minutos antes que salga el sol, tomando un café,
veíamos en la oscuridad, la fila de luces blancas de tuk tuk's,
autos y ómnibus llegando al templo. Pero, curiosamente, nada de
bicis: punto para nosotros.
Al no haber tenido tiempo ni
posibilidad (por la electricidad) de leer sobre Angkor, nos llevamos
la sorpresa de descubrir que las torres del templo de Angkor Wat
fueron construidas siguiendo el recorrido del sol al levantarse. Ahí
la gracia de ver el amanecer precisamente ahí...
El amanecer en sí no es que
fuera impresionante, pero tienen mérito suficiente por ese detalle.
Y no eramos pocos los que apuntábamos para el mismo lado, más
algunos que se daban vuelta para sacarle a la multitud.
Durante diez hora anduvimos 27 kms y visitamos unos diez templos. Cada cual con un encanto diferente. Algunos más restaurados que otros. Desde el '98 que están recuperandonos del abandono en el que estában hace siglos. El tiempo, la selva, los bombardeos y los ladrones de arte, los dejaron en ruinas.
Durante diez hora anduvimos 27 kms y visitamos unos diez templos. Cada cual con un encanto diferente. Algunos más restaurados que otros. Desde el '98 que están recuperandonos del abandono en el que estában hace siglos. El tiempo, la selva, los bombardeos y los ladrones de arte, los dejaron en ruinas.
Los árboles que crecieron
sobre las paredes, hoy son parte de la identidad del templo Ta Promh.
En medio de todo esto, están
los vendedores en la entrada de cada templo, que te ofrecen agua y
comida aunque estés a quince metros. En cuanto te ven cerca abren
sus heladeritas y varias mujeres al unísono ofrecen agua fría a los
gritos : "Lady! Lady! Cold water lady?!" O se acercan y te siguen con el menú en mano, y si ya comiste,
quizás querés comer de nuevo, y si corrés para huir, te correrán
atrás.
En general son mujeres las
que se ocupan de todo esto, los hombres manejan tuk-tuk's. Incluso
nenas de cuatro años te venden souvenirs y te cuentan hasta diez,
que es la cantidad de postales que te ofrecen por un dólar, en
inglés, francés, alemán, español, consecutivamente. La gente les
regatea y la madre, dos metros más allá, responde.
Al ver cuánta gente trata
de vivir del mayor atractivo turístico del país, te dan ganas de
comprar todo lo que te ofrecen. No se puede negar que son
trabajadores y muy amables con el turista.
Cuando cuesta mantener la
elegancia para decir que no, me acuerdo de eso...
Lo que en tuk-tuk pareció
fácil de hacer en bici, a la hora de los hechos se hizo sentir. Los
últimos cinco kms mis piernas andaban por inercia y mi cabeza solo
pensaba en una ducha fría. Me es imposible disimular el calor. La
cara, totalmente bordó, me delata, y acá: hace calor. A
las ocho de la mañana hacen fácilmente 35° y no cambia mucho
durante la noche.
A la nochecita salíamos a
los mercados con la esperanza de, a la vuelta, encontrar el hotel con
luz. Rechazando en el camino, tuk-tuk's, masajes, chalinas, remeras,
más masajes y más chalinas : "silk lady, cambodian
silk".
Lo único que aceptaba era un helado Melona o un licuado de limón y menta.
Lo único que aceptaba era un helado Melona o un licuado de limón y menta.
A la vuelta de nuestro
paseo, la situación no cambiaba, y en ese contexto, habiendo
dormido poco y no descansado del calor durante tres días seguidos,
dejé escapar un lagrimón cuando el agua de la ducha salía
caliente.
Me fascinaron los templos.
Pero me fui feliz de Siem Reap en mi ómnibus con aire acondicionado.
Negra este relato es maravilloso como todos, sintético y vital, me fatigué con la pedaleada, ojo, cuidate y toma mucha agua, es demasiado pedaleo, bajo el sol.
ResponderEliminarMuchas gracias. Te admiro mucho.
Cuando leí lo los cachetes me acorde de una vez q fuimos al gimnasio y tus cachetes se tornaron casi violetas del calor jaja- Como bien dijo Juan Gonzalo toma mucha agua, q no te agobie el calor porque tu experiencia es fantástica. Love u.
ResponderEliminarEl tiempo dejando marcas en los los templos....locura el árbol anudado a ese portal. Maravilloso relato, pa el deleite como nos tiene acostumbrados.
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