Zapatos en Hoi An

Amor a primera vista. Así se sintió llegar acá. Una ciudad con un centro histórico bien conservado, casas bajas, puentes repletos de lámparas de colores, canoas navegando por el río, más lámparas en las calles, bicicletas, paredes amarillas, postigos de madera, bares, barcitos, barcetes, y zapatos a medida.
Me recuerda a Colonia, pero sin adoquines.

La gente camina o anda en bicicleta, está prohibido circular en auto por el centro. A la noche todos salen a tomar o comer algo en algunos de los tantos bares y restaurantes mirando al río. El Happy Hour al que todos los bares se acatan, funciona para vender todo tipo de productos y a cualquier hora del día.







Infierno y paraíso se confunden en las calles de Hoi An. Una al lado de otra se extienden sastrerías y zapaterías a medida. Las veredas sirven de vidrieras, donde se exponen cientos de zapatos y maniquies vestidos de fiesta. Parece fácil entender que no se debe confiar en la calidad de las creaciones, pero ver día y noche sin descanso ese espectáaculo, hace perder la razón y creer como una quinceañera. 
Después de tanto viaje y autocontrol, soltamos un poco la rienda, pensamos  a futuro, y nos compramos dos pares cada uno. Veremos cuánto duran.
El resto de los negocios, los que quedan, se dedica a vender souvenirs, pinturas o valijas. 





También nos sacamos las ganas que habían quedado de Mui Né, y fuimos a la playa. Unos cuatro o cinco kilómetros en bici para encontrarnos con palmeras, arena y mar. Mientras los jóvenes dormían, nosotros disfrutábamos de la playa desierta. Hasta entré en tratativas para amigarme con el mar en bandera roja. Solo costó un par de revolcadas que me remontaron a mi más tierna infancia. Quizás algún día incluso me suba a una tabla de surf. Pero tiempo al tiempo. 
Durante las horas que estuvimos panza abajo, panza arriba y panza abajo otra vez, varias mujeres nos quisieron vender cosas, las mismas cosas. Y aunque nos veían rechazar a una, la siguiente no dudaba en probar suerte. Lulu nos recibió a la mañana, y volvió a la tarde sin perder las esperanzas después de un mal día para los negocios. Se puso en cuclillas y nos mostró cada una de las cositas que ofrecía, a cada una de las cuales repetía: "no, thank you" con la sonrisa más grande que podía darle. A pesar de la negativa, se quedó un rato con nosotros, charlando y contándonos sobre su familia.



De vuelta en la ciudad, la historia se repite mientras tomamos una cerveza, cenando, mirando valijas, todos sin excepción van a entablar conversación preguntando "¿De dónde sos?" Si elegimos Argentina (A veces somos de allá, a veces de Francia), también sin excepción, dirán "Messi". Si nos podemos zafar, el interrogatorio puede llegar a la edad, los hijos, el estado civíl, la cantidad de días en la ciudad, el próximo destino...  y voilá, la venta. Poco a poco, vamos comprendiendo las pautas y los ritmos, y nos podemos anticipar a lo que viene. 
Si acabamos de bajar del colectivo, nuestras respuestas serán, "ya tenemos hotel" y "vamos a caminar", aunque ni uno ni el otro sean ciertos, al tiempo que nos calzamos las mochilas.
Confío en que después de un mes en Vietnam, seremos expertos en rechazar ofertas.   

2 comentarios:

  1. Estás entrenando la amabilidad de manera sorprendente. Esta sonrisa se presta bien para dicho ejercicio. Subite una foto de los zapatos, ahora hay intriga. Abrazon

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  2. Q paciencia para el "no, gracias"...A esta altura ya deben relacionar Argentina, con el papa. O no, por la religión. Ansió escuchar el relato en vivo y en directo, mate y café de por medio :-)

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